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sábado, 8 de septiembre de 2012

La sociedad del photoshop y el imperio de la imagen




Vivimos en una época en donde todo entra por los ojos. La funcionalidad de una persona en el entramado social se define por el tamaño de su cintura, el nivel de silicona inyectado en sus labios, o la importancia de cualquier otra característica que lo eleven por sobre el resto. Seamos honestos, no es nuestra culpa, desde chicos nos inculcan los ideales capitalistas de la banalidad; crecemos con el mantra hittleriano de la superioridad, y casi nos vemos en la obligación de anotarnos en una competencia por la perfección que durará toda la vida. Como si ser perfectos fuera algo estrictamente formal (en el sentido menos figurativo de la palabra).
 En este caso, el hábito es actuar como si todos fuéramos aspirantes en algún concurso de belleza. Ni se te ocurra excederte un par de kilos o, además de parecerte a una vaca cansada de tanto comer pasto, vas a ser el fracaso de tu familia. Vomitá lo más que puedas, no vaya a ser cosa que toda esa comida quede alojada en tu estómago. Caminá derecha y con la cabeza bien alta, que como te ven, te tratan. Y ni se te ocurra tener la osadía de nacer con algún defecto físico: la vida sabrá castigarte tanto como lo merezcas. No hay vuelta que darle, el refinamiento es una de las armas más letales de la gente “hecha y derecha” (aunque más derecha que otra cosa).
La cuestión es la siguiente, detrás de toda esa parafernalia carnavalesca en el imperio de la imagen, se encuentra algo mucho más esencial y menos tenido en cuenta: el contenido. Nos han educado para creernos la “tabula rasa” en la que hay que insertar todos los conocimientos, recipientes de cartón pintado sin absolutamente nada en su interior. A ellos (los titiriteros del ego) les conviene moldearnos y llevarnos por el camino de la oquedad.
Una de las definiciones que encontré de belleza es la siguiente: La caracterización de una persona como «bella», ya sea de forma individual o por consenso de la comunidad, a menudo se basa en una combinación de belleza interior, que incluye los factores psicológicos —tales como congruencia, elegancia, encanto, gracia, integridad, inteligencia, personalidad y simpatía—, y belleza exterior, es decir, atractivo físico, que incluye factores físicos —tales como juventud, medianidad, salud corporal, sensualidad y simetría(vale aclarar que ambos extremos pertenecen al ámbito de la imagen).
Como queda bastante claro, todo se reduce a lo que te conforma como envase, y no a lo inasible, como por ejemplo la calidez de tu mirada, la forma en la que manejás tus emociones, o cualquiera de estos conceptos tan bien basureados en los cuentos de hadas. Todo se trata de definirse en comparación con los otros, y de conformar una imagen lo más perfecta y menos perfectible que se pueda.
Ser bello, a mi entender, es simplemente ser. Después de todo, las caracterizaciones presentes en la definición anterior tienen que ver con lo material, con algo netamente ajeno a la persona..
La esencia de lo eterno es lo que hace a un ente perdurable, y por lo tanto, estrictamente hermoso. 

lunes, 3 de septiembre de 2012

Aprender a mirarse en el espejo del otro




Es más fuerte que vos, lo ves y nace un instinto asesino que te lleva a romperle la cara. Ni siquiera sabés de donde surge ese deseo inhumano de arrancarle los huesos uno por uno y hacérselos comer. Y es al pedo que le des vueltas al asunto, porque nos hicieron creer que del odio y el enojo no podés sacar nada positivo. Es así, estás destinado a ser un viejo ogro que reprime sus enojos para no tener problemas con la sociedad. Tampoco te pongas a analizarlo, el hecho es que lo odias y que lo mejor es evitarlo la mayor cantidad de tiempo posible.
Lo que no nos dijeron es que somos espejos, pedazos de luz que reflejan en el otro todo lo que no podemos ver en nosotros mismos. Estamos acostumbrados a marcar la individualidad entre los seres, a plantearnos en un terreno de separación, donde cada uno tiene su destino, y cada uno su manera de enfrentarlo; como si no tuviéramos nada que ver el uno con el otro. Pero en el plano real las cosas no funcionan de esa manera.
A pesar de ese hábito de construir muros, de convertirnos en Individuos (un ejercito de Egos que cruzan la calle sin mirar a los costados), el Universo se empeña en sumergirnos en su mar de reflejos. No es necesario indagar demasiado en el mundo espiritual para darse cuenta de que todo lo que te molesta de los demás es lo que no supiste reconocer o sanar en tu propia esencia. Todo odio es consecuencia de una falta personal. Ninguna energía negativa brota de la nada, no tiene sentido enojarse si no hay un mensaje por detrás.
Pero nos quisieron hacer creer que la vida era más simple, que hay gente que te cae bien, con los que debés entablar una provechosa amistad, y otros que te caen mal, a los que debés eliminar de tu existencia previa guerra de insultos. Nada de análisis ni de conciencia, que para eso están los libros de autoayuda y los domingos por la tarde. Si lo mejor es mandarlo a la concha de su hermana y hacer de cuenta que acá no pasó nada; no vaya a ser cosa de que después tenga que andar corrigiendo mis errores. Un gasto de tiempo increíble. Porque lo normal es que la persona que te cae mal no tenga nada para aportar en tu camino, cuando quizás es la única capacitada para enseñarte todo aquello que te falta desarrollar.
La enseñanza es aprender a reflejarse en el otro. Lo que te molesta de él es lo que también te jode de vos mismo. No seas cagón, mirate al espejo de una vez por todas.